¿Tú tienes buena suerte?

Cada vez que oigo a alguien que le dice a otra persona “Bueno, que tengas buena suerte”, “una alarma suena” dentro de mi…¿Buena suerte? ¿Qué es eso de tener buena suerte? ¿Qué es la buena suerte?

¿Tú crees que tienes buena suerte?…Créeme que si crees que tienes buena suerte, la tendrás y si crees que tienes mala suerte, también la tendrás porque la buena o mala suerte es una excusa que nos hemos inventado para echar balones fuera y justificar algunas de las circunstancias que nos ocurren cuando nos da pereza responsabilizarnos de ellas…

Seguro que has oído lo típico de la persona que se presenta al examen, no aprueba, llega a su casa y dice “no, es que he tenido mala suerte porque justo me han puesto en el examen lo que yo no me sabía”…Ja!! De eso nada, no has tenido mala suerte, es que estabas jugándotela al no estudiar todo lo necesario para aprobar…

O también pasa al revés…típico comentario de: “Jo, que suerte has tenido aprobando el examen”…¿Suerte es estudiar lo suficiente como para aprobar? Al saber le llaman suerte…

Lo que hacemos con esto es: Quitar toda nuestra responsabilidad tanto a nivel positivo como negativo, dejando tu vida en manos de la suerte. ¿Es eso lo que quieres en tu vida? ¿Depender de la suerte?

Me encuentro también, en no pocas ocasiones, personas que se empeñan en creer en la mala suerte pero sin embargo no creen en la buena…Pepe: ”No, a mi no me darán las vacaciones cuando las he pedido porque siempre tengo muy mala suerte”; María: “Pero hombre Pepe, quizás esta vez si que te las den”; Pepe: “¿Pues no te he dicho que tengo mala suerte, María? Ya verás como no me las dan…” Erre que erre con la mala suerte y ¿qué crees que le pasará a Pepe? Seguramente con esa creencia se cumplirá su propia profecía y si no es así, dirá que ha sido un golpe de suerte…y como este ejemplo, miles…¿De verdad creemos que estamos en esta vida para depender de la suerte? La respuesta es NO.

En este sentido tengo una buena noticia: La suerte te la creas tú. 

La suerte es una creencia como otra cualquiera. Puedes usarla para que te potencie y para crecer, aprender de la experiencia…o puedes usarla para hacerte la zancadilla constantemente echando la culpa a la mala suerte cada vez que no consigues algo…es una elección y depende de ti…Como dice la célebre frase (de no recuerdo quien ahora mismo…) “La suerte es el pretexto de los fracasados…” 

Me gustaría compartirte a continuación, una breve historia sobre la suerte…Deseo que te guste, sobre todo que te sea muy útil para reflexionar sobre el tema, me encantará que me compartas tu reflexión en los comentarios…No te deseo buena suerte porque no la necesitas 😉

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¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!

“Una historia china habla de un anciano labrador, viudo y muy pobre, que vivía en una aldea, también muy necesitada.

Un cálido día de verano, un precioso caballo salvaje, joven y fuerte, descendió de los prados de las montañas a buscar comida y bebida en la aldea. Ese verano, de intenso sol y escaso de lluvias, había quemado los pastos y apenas quedaba gota en los arroyos. De modo que el caballo buscaba desesperado la comida y bebida con las que sobrevivir.

Quiso el destino que el animal fuera a parar al establo del anciano labrador, donde encontró la comida y la bebida deseadas. El hijo del anciano, al oír el ruido de los cascos del caballo en el establo, y al constatar que un magnífico ejemplar había entrado en su propiedad, decidió poner la madera en la puerta de la cuadra para impedir su salida.

La noticia corrió a toda velocidad por la aldea y los vecinos fueron a felicitar al anciano labrador y a su hijo. Era una gran suerte que ese bello y joven rocín salvaje fuera a parar a su establo. Era en verdad un animal que costaría mucho dinero si tuviera que ser comprado. Pero ahí estaba, en el establo, saciando tranquilamente su hambre y sed.

Cuando los vecinos del anciano labrador se acercaron para felicitarle por tal regalo inesperado de la vida, el labrador les replicó: “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”. Y no entendieron…

Pero sucedió que, al dia siguiente, el caballo ya saciado, al ser ágil y fuerte como pocos, logró saltar la valla de un brinco y regresó a las montañas. Cuando los vecinos del anciano labrador se acercaron para condolerse con él y lamentar su desgracia, éste les replicó: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Quién sabe!”. Y volvieron a no entender…

Una semana después, el joven y fuerte caballo regresó de las montañas trayendo consigo una caballada inmensa y llevándoles, uno a uno, a ese establo donde sabía que encontraría alimento y agua para todos los suyos. Hembras jóvenes en edad de procrear, potros de todos los colores, más de cuarenta ejemplares seguían al corcel que una semana antes había saciado su sed y apetito en el establo del anciano labrador. ¡Los vecinos no lo podían creer! De repente, el anciano labrador se volvía rico de la manera más inesperada.  Su patrimonio crecía por fruto de un azar generoso con él y su familia. Entonces los vecinos felicitaron al labrador por su extraordinaria buena suerte. Pero éste, de nuevo les respondió: “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”. Y los vecinos, ahora sí, pensaron que el anciano no estaba bien de la cabeza. Era indudable que tener, de repente y por azar, más de cuarenta caballos en el establo de casa sin pagar un céntimo por ellos, solo podía ser buena suerte.

Pero al día siguiente, el hijo del labrador intentó domar precisamente al guía de todos los caballos salvajes, aquél que había llegado la primera vez, huído al día siguiente, y llevado de nuevo a toda su parada hacia el establo. Si le domaba, ninguna yegua ni potro escaparían del establo. Teniendo al jefe de la manada bajo control, no había riesgo de pérdida. Pero ese corcel no se andaba con chiquitas, y cuando el joven lo montó para dominarlo, el animal se encabritó y lo pateó, haciendo que cayera al suelo y recibiera tantas patadas que el resultado fue la rotura de huesos de brazos, manos, pies y piernas del muchacho. Naturalmente, todo el mundo consideró aquello como una verdadera desgracia. No así el labrador, quien se limitó a decir: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Quién sabe!”. A lo que los vecinos ya no supieron qué responder.

Y es que, unas semanas más tarde, el ejército entró en el poblado y fueron reclutados todos los jóvenes que se encontraban en buenas condiciones. Pero cuando vieron al hijo del labrador en tan mal estado, le dejaron tranquilo, y siguieron su camino. Los vecinos que quedaron en la aldea, padres y abuelos de decenas de jóvenes que partieron ese mismo día a la guerra, fueron a ver al anciano labrador y a su hijo, y a expresarles la enorme buena suerte que había tenido el joven al no tener que partir hacia una guerra que, con mucha probabilidad, acabaría con la vida de muchos de sus amigos. A lo que el longevo sabio respondió: “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”